El duelo, un laberinto que nos transforma
¿Qué es el duelo?
La palabra duelo viene del latín dolus, que significa dolor, pena, sufrimiento.
El duelo es el proceso de atravesar el dolor por una pérdida significativa, un proceso multidimensional que nos permitirá ir adaptándonos a lo sucedido lentamente, hasta integrarlo en nuestro interior. Por tanto, el duelo es una respuesta totalmente normal y humana, y es preciso vivirlo. Sin embargo, no es algo que se soluciona con el paso del tiempo, sino que requiere una elaboración por parte de quién lo vive. Es un proceso activo que implica realizar ciertas tareas psicológicas y emocionales.
Este proceso nos afecta a diferentes niveles: físico, intelectual, conductual, relacional y existencial. Los síntomas pueden resultar muy abrumadores, sin embargo forman parte natural de su desarrollo. Por ello, en la vivencia del duelo, la aceptación del dolor (en sus diferentes manifestaciones) es muy importante. Y, aunque sean necesarios los momentos de distracción o evasión, también es fundamental darse el espacio para sentir las emociones que despierta la pérdida.
El dolor de la pérdida nos orienta, señalando a dónde nos toca mirar. Evitarlo o anestesiarlo, hará que la herida emocional quede abierta y el duelo sin resolver. Aliviar el sufrimiento está bien, pero elaborar el duelo implica también un trabajo. Los síntomas señalan cuestiones que nos toca elaborar, atender, observar… Suprimir el dolor sin realizar ese trabajo podría llevarnos a cronificar el duelo.
Atravesar el camino del duelo incluye descensos y ascensos, así como momentos de confusión, de abatimiento, o desgana. A veces hay recaídas, y puede dar la sensación de haber ido hacia atrás. Ya que, como dice Fina Sanz, el duelo se parece mucho a estar caminando por un laberinto. Sin embargo, todo laberinto tiene salida.
El duelo y la metáfora del laberinto
Cuando un ser querido se muere (o bien vivimos una pérdida significativa) la persona lo va procesando a medida que va pudiendo. Pasando por diferentes estados, fases, y ciclos.
El duelo no es para nada un proceso lineal. La psicóloga Fina Sanz usa la metáfora del laberinto para hablar del duelo, ya que es un símbolo que lo representa de forma muy gráfica. Ella explica que el duelo no es un camino recto, sino un recorrido emocional y vital que tiene muchos vericuetos.
En el duelo una no avanza, se adentra. Cuando muere alguien importante, entramos en un territorio desconocido. Y esta realidad es la que representa el laberinto: la desorientación, la confusión, el desconocimiento de cómo vivir con esa ausencia, la sensación de estar dando vueltas, de ir hacia adelante y hacia atrás, etc.
En un laberinto no hay línea recta ni tiempos estándar. Cada cual va como puede, encontrando caminos para llegar al centro, y finalmente poder salir. Y en esa salida, una nunca vuelve a ser la que era, uno sale transformado. En este sentido, volver a pasar por los mismos sitios no significa estar retrocediendo, sino que es parte natural del proceso.
Atravesar el laberinto implica sentir profundamente el dolor de la pérdida. Un dolor muy legitimo que tiene que ver también con el amor, con la ilusión, con la importancia de aquel a quien perdimos… Y que cuando le damos espacio, se va transformando.
Transitar el laberinto y salir de él no es algo que suceda con el simple paso del tiempo. Sino que requiere de un proceso activo: atender a diferentes asuntos que emergen acerca de la relación con esa persona, del lugar que ocupaba en tu vida y tú en la suya, cómo afecta la perdida a tu identidad, los asuntos pendientes o inconclusos que te quedaron en el tintero… Y esto es algo que se va descubriendo a medida que se camina el laberinto.
Salir del laberinto no es olvidar la pérdida sino asumirla y poder vivir con esa ausencia, recolocar a la persona fallecida en la memoria viva, integrar los cambios y la trasformación que se ha vivido a raíz de la pérdida, volver a sentir las ganas de vivir e interesarse por lo vivo.
Los tipos de duelos
Teniendo en cuenta que el duelo es el proceso psicológico y emocional que se despierta cuando vivimos una pérdida significativa, es preciso señalar que existen diferentes tipos de pérdida. Y que no sólo la muerte de un ser querido nos abre un duelo, sino también otros sucesos de la vida.
Aunque algunos duelos sean más reconocidos socialmente y otros están invisibilizados, todos ellos los son y ayuda mucho el poder reconocerlos y ponerles nombre.
Los principales tipos de duelos son:
Evidentemente, que estas circunstancias se vivan o no como un duelo, dependerá de la importancia que tenga esa pérdida para la persona.
Para finalizar
Hacer un duelo es aceptar que no somos omnipotentes, que nuestra capacidad de control es limitada, que la vida es frágil, que ocurren accidentes, que las máquinas fallan, que los médicos se equivocan como cualquier ser humano, que las cosas cambian, que las relaciones se rompen…
Además, la muerte de alguien no solo deja su ausencia si no también desorden, confusión, decisiones, caos… Las personas formamos parte de la configuración de la vida de los demás, y cuando alguien se va, el orden que había se rompe, todas las piezas se descolocan, y el duelo conlleva la organización de esa nueva realidad. Por eso, lleva tiempo y se necesita paciencia y presencia para poder recomponerse y recolocar la vida sabiendo que nunca volverá a ser como antes.
Todo este proceso, aunque duro, es necesario y transformador. Ya que nos hace crecer y mirar la vida y a nosotros mismos con ojos nuevos. Sin embargo, implica aceptar que nunca seremos los mismos tras esa pérdida. Y tal vez, justamente eso, pueda ser un regalo.
Para transitar el laberinto hace falta dejar que el duelo nos conmueva el corazón. Porque cuando nos cerramos al dolor, nos cerramos al resto de emociones. Ya que en la puerta del corazón no hay un portero que decida qué emociones pasan y cuáles no. Si la puerta se cierra, se cierra para todo. Así que conviene aceptar que el dolor es un precio que pagamos por amar. Ya que los vínculos amorosos conllevan intimidad, y la intimidad conlleva vulnerabilidad. Y asumir que amar nos pone en riesgo de dolernos, entre otras cosas, por tener que despedirnos.
Si estás viviendo un duelo, y te está costando atravesar el laberinto, recuerda que siempre puedes acudir a un profesional que te acompañe y te haga el camino más llevadero.
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