La quietud en movimiento

La quietud en movimiento

La Vida es movimiento, la Naturaleza está en constante transformación, evolucionando en ciclos o haciéndolo a través de formas súbitas. Los ciclos estacionales y los cambios constantes de la luz del día a la oscuridad de la noche, nos hablan del movimiento. El de la tierra sobre su eje y el de la tierra alrededor de nuestra estrella, el sol. El mismo sol gira alrededor de la galaxia, a una velocidad de 792.000 km/hora de tal manera que tarda 250 millones de años en dar una sola vuelta completa. Así que desde su nacimiento, habrá hecho este recorrido unas 20 veces. La tierra gira alrededor del sol, describiendo una órbita elíptica a una velocidad media de 107.970 km/hora medido en el Ecuador. Y la tierra gira sobre sí misma a una velocidad también de 1.674 km/hora.

Así que si una noche contemplamos el firmamento, es probable que la misma actitud contemplativa nos conecte con una especie de quietud que surge del contacto con esa visión majestuosa. Sin embargo, no hay quietud en lo que contemplamos. Todo gira y se mueve en ciclos desde siempre. ¿De dónde proviene entonces la experiencia de quietud? Quizás es simplemente la conciencia que se aquieta ante la observación de lo que experimentamos, sin sentir el impulso de intervenir en todo ello. El punto de quietud, “still point”, ha sido nombrado de algún modo en todas las tradiciones contemplativas. Es algo difícil de describir o analizar. Es la pura experiencia de algo que permanece inmutable, estable, en la recepción de todo aquello que nuestra consciencia experimenta.

Cuando meditamos, solemos sentarnos y estabilizar nuestra postura. A continuación, permitimos que nuestra mente, en constante movimiento, se estabilice observando un movimiento evidente: el que la respiración produce en diferentes partes de nuestro cuerpo. Nos aquietamos observando cómo también en nuestra conciencia todo es movimiento. Las sensaciones corporales fluyen y se transforman en otras, los sentimientos y los pensamientos también participan de ese constante fluir y transformación. Así, practicando día a día, vamos dando espacio a eso que algunos llaman “el testigo”, “la presencia”, “la consciencia despierta”, “el observador”, que es capaz de observar sin intervenir, el movimiento constante de lo que llamamos realidad, dentro y fuera de nosotros.

Aquietar el movimiento desordenado de nuestra mente, mediante una postura sólida e inmóvil en nuestro cuerpo, nos ayuda a saborear la experiencia de quietud. Pero también el movimiento consciente ha sido una vía desde siempre en la sabiduría perenne para acercarse a ese punto de quietud. El Yoga, el Tai-chi, el Chi-Kung, las danzas sagradas o danzas meditativas, son caminos que nos invitan a experimentar ese estado de presencia a través del movimiento consciente. Es un proceso a la vez inverso y similar. La meditación en quietud corporal, nos conecta con ese fluir constante de la experiencia interna. La meditación en movimiento, nos abre el paso a ese punto quieto que es pura conciencia en un cuerpo que fluye.

Las danzas meditativas y otras técnicas corporales inspiradas en el Taoísmo, el Sufismo, el Hinduismo o el Budismo nos abre la puerta hacia ese punto sereno, el testigo, que permanece observando la experiencia que se transforma momento a momento.

En las meditaciones en quietud, observamos el movimiento constante de toda la realidad. En las meditaciones en movimiento podemos notar la quietud que está en el centro, como un ojo de un huracán, en el que nada se mueve mientras todo gira y se transforma alrededor. Esa es la búsqueda del «punto aquietado» en el centro de la conciencia que contempla: La quietud en movimiento.

Inmaculada Vallina

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